Sín sol a las 6,00

El reloj suena a las 4.55, esta vez no hay tregua: hoy se acabó eso de posponer el reloj cinco minutos, para darle otra tregua de diez más, que acabaran convirtiéndose en veinte; hoy no, hoy no toca. Hoy toca despertar, desperezase y afrontar el día, y lo que es peor; coger el avión.

El aeropuerto parece un campo desierto a estas horas de la mañana, el sol sigue escondido y un sequito de transeúntes caminan torpemente hacia el mostrador. Paso tras paso, como un ejército de pequeñas hormigas, vamos avanzando hacia la frontera; uno tras de otro sin romper la fila, en plena armonía, mientras por los altavoces resuena que nuestro avión está a apunto de despegar.
Una vez cruzada la frontera, esas pequeñas hormigas se convierten en atorpezados rinocerontes que, con una ligera y patosa carrera, pretenden ser los primeros en llegar a la meta. Desde mi posición de espectadora, tal lucha, insaciable e instintiva, me parece ridícula, pues se olvidan que, como en el reino animal, cada uno tiene su lugar.

En mi caso, solo me queda avanzar (también torpemente para no diferenciarme del resto) rezando para que esa letra marcada en mi tarjeta corresponda a la ventanilla; efectivamente algún listillo habrá que, haciendo alarde de su despiste, intentará darme gato por liebre, pero yo sacaré mis garras.

Una vez sentada mis parpados volverán a iniciar una acompasada lucha (lo intentaron previamente a las 4.55) que culminará cuando un conjunto de majestuosos elefantes paseen por la sabana para ofrecer a los monos un par de cacahuetes, mientras un conjunto de osos polares agitan un ramillete de hojas impresas en busca del clima perfecto. A su vez, un par de chimpancés, sedientos, reclaman un poco de agua que llegará, posteriormente, de la mano de una atractiva avestruz.

Dicha avestruz, condenará a mis párpados a una dulce derrota, y una vez vueltos en sí observarán como el conjunto de elefantes (antes hormigas) corren como liebres.

Son las 7.25 de la mañana. El sol ya ha salido en la península de Kamchatka

Mis ojos en tus pies.


La miro y sonrió con nostalgia. No puedo evitar pensar que la quiero tanto o incluso más, que el primer día en que la vi.

Ese día sentí de inmediato como el estómago se encogía de golpe, mientras ella, tímidamente, me dedicaba una de esas sonrisas que, a día de hoy, sigue ofreciéndome con ternura. No me la dedicaba a mí y yo no lo sabía. Lo descubrí el día en que la volví a encontrar, de casualidad, en el mismo lugar donde nos cruzamos por primera vez.

Sentada sobre la fuente, jugaba con sus pies sumergidos en el agua. Era el cálido verano del ‘43 y el sol se reflejaba en su oscura melena que recogía con un lazo naranja. Un camino de ocho botones recorría su espalda a través de un vestido color crema que descubría sutilmente una ligera parte de su nuca.

Mi mirada se clavó en ella y mi cuerpo se inmovilizó, entorpeciendo el paso de los viandantes que, como cada viernes a las 15.00, corrían a la espera del tren.

Mis pasos fueron avanzando torpemente hacia ella hasta tenerla postrada ante mis ojos. Me acerqué y tímidamente le pedí si podía acompañarla en esa lucha interna por intentar atrapar el agua con los pies. Asintió con la cabeza sin perder de vista su objetivo, hasta que alzó la mirada y buscando mi rostro tímidamente con sus manos, me dedicó una de sus entrañables sonrisas.

Fue en ese entonces cuando fui consciente que esa era la primera vez que acaparaba su atención. Y una caricia y una sonrisa sirvieron para cerciorarme de que una vida a su lado no sería suficiente.

Sus sentidos no le permitieron nunca apreciar la irradiación que desprendían mis ojos al observarla, pues sus ojos nunca me fueron fieles. Pero yo la miro y ella lo siente. Y sigue jugando con sus pies, como la primera vez.

CARNE CRUDA

Imagino que conocéis la historia. Yoko Ono se acercó a Lennon, al que aún no conocía, y le dio una tarjeta en la que se podía leer: Breathe, Respira. Después se dio la vuelta y se fue, dejando a Lennon con una tarjeta que era aire para sus pulmones asfixiados por la fama, por el humo del mundo y la ansiedad de unos tiempos demasiado revueltos, como éstos por cierto. Vale que muchos pensaréis que Yoko acabo ahogándole pero ésa es otra historia. La de hoy empieza rememorando aquel momento que nos recuerda que tenemos que respirar, una obviedad que se nos olvida los más de los días. Sí, desde hace ya demasiado tiempo, la realidad en la que vivimos es tan asfixiante que vamos necesitando que alguien se nos acerque y nos dé una tarjeta en la que diga simplemente: “Respira”.

Yo lo necesito. Necesito esa tarjeta que me diga que respire porque llevo muchos días aguantando la respiración para no oler el hedor que sale de tanta alcantarilla. Necesito respirar porque tengo los pulmones encharcados de tanto olor a dinero sucio, los oídos taponados de tanto oír la palabra “banco” y el tímpano dolorido de tanta palabra sin sentido, los ojos enrojecidos de tanta corbata ahorcando el cuello de los que nos llevan al patíbulo, la boca seca de leer “mercado” o “político” en cada página que abro, como si esas palabras lo hubieran conquistado todo.

Necesitaba respirar, necesitaba aire y entonces, quizá porque vio mi cara congestionada, quizá porque supo que me ahogaba, se me acercó y me dio una tarjeta. No decía “Respira” pero decía algo muy parecido. Decía: “Calma”.

Asfixia

Yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo. No tendrá tiempo a decir que no, no podrá negarse. Y tras diversos forcejeos resistirá, dejará de luchar y de agitarse. Y pensará que la mejor opción es dejarse llevar, corresponder mis abrazos y protegerse bajo unas garras que poco a poco le irán asfixiando.

Punto y final


Si pudiera llorar, derramaría una lágrima al tomar la última alma humana.
Punto y final, pensó Loren.
Durante años preparó a conciencia todos sus personajes; torneo sus figuras, esculpió sus rostros y les dio vida con una férrea personalidad.
Pero Lucas, el último de ellos, se convirtió en una alineación de la cual no pudo desprenderse. Su lado perverso se apoderó de él, y tras amanecer, por tercera vez, rodeado de sangre, decidió que era hora de terminar con esta historia. Solo uno de los dos podía sobrevivir. Y así fue como, el día menos pensado, decidió quitarse la vida.

TOC

Sus manos agitarán suavemente la cucharilla que dará alrededor de 43 vueltas para que el café no queme su paladar. 35g de azúcar serán los que endulzarán su dosis esta mañana. 100ml de leche difuminarán el sabor amargo de la disolución, mientras 8 serán las veces que sorberá la taza para iniciar, posteriormente, su rutinaria tarea. Y todo esto a la vez ojea en el periódico que a día de hoy el dolar y el euro están a 3 puntos de distancia.

Acuario

En mi cama de verano un pez globo no me deja dormir, me obliga a perderme entre sábanas marinadas, mientras busco impaciente un sol de algodón al que absorber el ultimo aliento, para sumergirme, después, y esconderme entre las profundidades.